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LA FÁBULA DE LA INFORMALIDAD
La informalidad es sin duda uno de los más serios problemas con el cual lidian las economías. Ella muy poco o nada le aporta al sistema de protección social y a los procesos redistributivos de la riqueza y por el contrario, contribuye a ahondar los problemas sociales que comporta por su esencia misma, sumadas a las nefastas consecuencias sobre la competencia leal. Pero también sabemos, que los costos de la formalidad son muy altos y se elevan también como un incentivo para no acogerse a ella, porque no tienen las alternativas legales y financieras que le permitan acceder a la formalización plena, más allá de una matrícula en el registro mercantil. Como dice la Directora de FENALCO Bolívar, Mónica Fadul, la ley impone unas exigencias, inalcanzables para muchas y que las hacen prácticamente inviables en la formalidad. También destacamos que la mayoría de las empresas son de comercio y servicios y son micro, pequeñas y medianas.
Desde Lima, el doctor Rolando Arellano, una autoridad en materia de marketing latinoamericano, nos envía ésta nota, como siempre bien aleccionadora, sobre el particular que la queremos compartir. En su afán de luchar contra la informalidad, que crece en lugar de disminuir, los  gobiernos insisten en imponer más controles laborales y tributarios a los formales. Parecen no entender que eso han hecho antes todos los gobiernos, logrando siempre resultados inversos a los buscados. Quizás una fábula ayude a entender por qué ese no es el camino a seguir.
El país formal es como un barco que avanza muy lentamente porque solo tiene unos cuantos marineros, que para entrar tuvieron que sacar una licencia oficial, tener uniforme reglamentario y además pagarle al capitán un monto mensual. ¿Qué ganan con ello? Solo la sensación de colaborar con su país, pues además de la obligación de remar fuerte cada día, si cometen algún error o se retrasan en el pago, el capitán los castiga o les cobra más.
 Pero sucede que al lado del barco hay muchas más personas nadando agarradas a palos, maderas o barriles. Con frío y fatigadas por el esfuerzo de mantenerse a flote, quisieran subir a la nave, pero no pueden pues el capitán les exige un diploma de marino (que él cobra por dar), el uniforme reglamentario y hasta estar bien peinados. Ellos, pensándolo mejor, no insisten pues ven cómo trata el capitán a sus tripulantes, y resignándose a su incomodidad tratan de seguir nadando solos. 
El lector estará pensando sin duda que si el capitán fuera un buen estratega, flexibilizaría las normas para permitir que suban los mejores nadadores, podría así enseñarles las técnicas de marina, darles la posibilidad de coserse un uniforme y luego pagar su cuota. Así esos reclutas estarían contentos por la oportunidad de mejorar su vida, los marineros actuales también porque tendrían más ayuda para remar, habría menos gente en el agua impidiendo el avance del barco, y el capitán llegaría más rápido a su destino. Todos ganarían.
Pero sucede lo contrario, pues cuando el capitán ve que no navega con la rapidez necesaria, decide exigirles más a sus marinos. Ya no remarán 10 sino 12 horas diarias, les ordena, y les pone reglas más estrictas para el uniforme, esperando que al no poder cumplirlas, ellos le paguen más en multas y castigos. ¿El resultado? Que apenas se descuida, algunos de sus tripulantes se empiezan a tirar al agua, para juntarse con los que nadan fuera.
 En fin, al persistir con la fórmula usual de exigirles cada vez más a las empresas que ya están dentro del sistema formal, los gobiernos hacen que este barco se haga cada vez menos atractivo para quienes están fuera. Y también logra que quienes ya reman, pagando impuestos y dando trabajo adecuado a miles de personas, consideren que tal vez sea mejor salirse de él y nadar solos. Reflexión para esta coyuntura donde el desempleo parece arreciar.